Copas llenas, pozos vacíos: El «Apartheid del Agua» en el balance final del año

El calendario se agota y, con él, llega ese ritual inevitable de balance y brindis. El sonido es inconfundible y marca el cierre de ciclo: el corcho que estalla, las burbujas subiendo atropelladas por la copa y el hielo chocando contra el cristal. En Occidente, diciembre es el mes en el que los líquidos sobran; hacemos inventario de lo logrado mientras el agua fluye sin restricciones. Pero a miles de kilómetros de nuestro balance de fin de año, el sonido del invierno es otro. No hay brindis, solo el eco seco de una tubería bombardeada.

Mientras nosotros cerramos el año debatiendo si el vino está a la temperatura correcta, hay un civil en una ciudad sitiada calculando si sus reservas de agua alcanzarán para ver el primer amanecer de enero. La guerra moderna no solo se libra con pólvora; se libra con sed, y el cierre del año no concede treguas a la garganta.

Resulta una ironía bíblica devastadora: cantamos villancicos sobre peces que beben en el río mientras las potencias regionales utilizan el agua para poner de rodillas a poblaciones enteras. En el norte de Siria e Irak, el control de las presas del Tigris y el Éufrates ha sido la «última arma» de un año marcado por la coacción. Al reducir el caudal aguas abajo, se estrangula la agricultura y la electricidad de quienes intentan celebrar el fin de año en la penumbra. Los conflictos relacionados con el agua han aumentado un 70% en este ciclo que termina; la sed no ha sido un efecto colateral de 2025, ha sido su estrategia central.

Al mirar hacia adelante, el fenómeno más oscuro que heredamos para el próximo ciclo no es la escasez natural, sino el «Apartheid del Agua». Este sistema describe una gestión política y militar deliberada que crea dos realidades humanas paralelas separadas por una tubería. Este apartheid se manifiesta en una estadística que debería amargar cualquier uva de medianoche: mientras en ciertos asentamientos estratégicos se consumen más de 460 litros diarios por persona, las comunidades vecinas —al otro lado de un muro o una trinchera— despiden el año intentando sobrevivir con menos de 20 litros. Esta es la frontera invisible: el agua no como un derecho, sino como una licencia para existir que el poder concede o retira.

En este cierre de año, el agua se ha transformado en el champán de los pobres. En Gaza, el balance anual es trágico: con el 67% de los pozos destruidos, el consumo ha caído a 3 litros diarios por persona. La contaminación y las enfermedades hídricas han matado este año más rápido que la artillería. Cuando el suministro estatal se corta como táctica de asedio, las familias se ven obligadas a destinar hasta el 50% de sus ingresos mensuales solo para comprar agua a camiones cisterna. Es una violencia lenta que no genera los titulares de un bombardeo, pero que vacía las mesas de fin de año con la misma eficacia.

Así, mientras volvemos a llenar nuestras copas para despedir estos doce meses bajo la promesa de una paz efímera, debemos reconocer que la escasez hídrica es el catalizador silente de los conflictos que nos han horrorizado durante todo el año. La verdadera prueba de humanidad para el ciclo que comienza no estará en los deseos que lancemos al aire, sino en la sombra que proyectamos al beber.

Hasta que el balance global no signifique agua para todos, nuestros brindis de medianoche serán, en el fondo, un cínico acto de sed colectiva. El derecho a un vaso de agua limpia es el lujo que define nuestra era, y la primera víctima del año que se va, como del que viene, es siempre el grifo.

Propósitos para un 2026 con Conciencia Hídrica

El balance de fin de año es estéril si no genera un cambio de hábito. Si el «Apartheid del Agua» se alimenta de la indiferencia y el consumo desmedido, estos tres propósitos pueden transformar nuestra relación con el recurso que otros mueren por conseguir:

  • 1. Auditar nuestra «Agua Invisible»: Más allá del grifo que cerramos al lavarnos los dientes, la gran tragedia hídrica está en lo que compramos. La producción de un solo pantalón vaquero requiere 7.500 litros de agua; una cena de gala con carne roja consume miles más. Este año, elija calidad sobre cantidad y reduzca el desperdicio alimentario. Menos consumo es, directamente, menos presión sobre los acuíferos del mundo.
  • 2. Exigir «Diplomacia Azul»: Como ciudadanos y votantes, debemos presionar para que la política exterior de nuestros países incluya el agua como un bien inviolable. Apoye organizaciones que trabajan para que las infraestructuras hídricas sean declaradas «zonas de exclusión bélica» en los tratados internacionales. La paz no se firma con tinta, se garantiza con tuberías seguras.
  • 3. Visibilizar la Sed Ajena: No permita que el agua sea un tema olvidado tras las fiestas. Informe, comparta y mantenga el debate sobre el Apartheid del Agua en su entorno. La impunidad de quienes usan el hambre y la sed como armas de guerra crece en el silencio. Que su primer brindis del año sea un compromiso de conciencia: no dar el agua por sentada mientras sea un lujo para millones.

Por Carolina Lechado

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